Pináculos del Nebbiolo
- hugosabogal

- 22 dic 2025
- 3 Min. de lectura

Hugo Sabogal
Mis periplos previos por la Burdeos del Cabernet Sauvignon y del Merlot resultaron sencillos de explorar, en parte a su familiaridad entre nosotros. No es el caso del Nebbiolo (neblina), emblema de los tintos italianos y tesoro vitícola universal. Su hogar reside a los pies del macizo alpino.
Tomar ruta nos obliga a ubicar dos principales denominaciones de origen: Barolo y Barbaresco, en la región de Piamonte, cerca de la frontera con Francia y Suiza. Ambas, además, pertenecen al núcleo vitivinícola de Langhe, bello enclave montañoso declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Exclusividad sin límites

Por su potencia y elegancia, al Nebbiolo se le considera un ‘vino para reyes’. Su principal eje productivo es Alba, municipio histórico para ambas indicaciones. Barbaresco se ubica al noreste, en laderas más suaves y suelos más ricos en nutrientes que Barolo, dando vida así a vinos elegantes; mientras que Barolo, al suroeste de Alba, se caracteriza por terrenos irregulares y pronunciados, responsables de generar un estilo potente, tánico y concentrado.
El Nebbiolo atrae por su color rojo rubí brillante, con reflejos granate. Luego se torna pálido y de tonos teja con la edad.
Secretos del Nebbiolo

En nariz brinda notas a rosa, violeta, cereza, mora, ciruela, alquitrán, cuero, tabaco, pimienta, regaliz y hierbas secas. Es seco en boca, con cuerpo entre medio y completo, y siempre pleno de acidez vibrante y taninos firmes y poderosos, especialmente en su juventud. Requiere de años para apaciguarse. Se le endosan otros rótulos de exclusividad como sus bajos volúmenes, incorporación de procesos artesanales, terroir único y alta demanda internacional, con precios que oscilan entre trescientos y 1.500 euros por botella.
La 'guerra' del Barolo


Si bien los productores tradicionalistas defienden las prácticas ancestrales a capa y espada, los viñateros más jóvenes se enfocan en calidad y rentabilidad, y en vinos más afines al paladar contemporáneo. Para logarlo, reducen los tiempos de fermentación y añejamiento, y sustituyen los viejos toneles eslovenos por pequeñas barricas francesas. “No nos interesa la rusticidad terrosa, subrayan, a lo que los tradicionalistas responden con arrojo: “esos nuevos Nebbiolo apestan a madera nueva”. Es un choque vigente conocido como ‘la guerra del Barolo’.
Barbaresco: una opción elegante

¿Qué comer con un Barolo clásico? Sin duda, platos italianos, carnes asadas o estofadas, cortes de caza, pastas con guisos de pato, platos trufados, embutidos y quesos curados. ¿Y con un Barbaresco? Risotto de champiñones, pato asado y cordero. Ah, y existe un vino llamado Langhe Nebbiolo, elaborado con uvas de viñedos más jóvenes y variedades desclasificadas de Barolo y Barbaresco. En la mesa, el Langhe no pierde tracción y se luce con sabrosas pastas con ragú y salsas cremosas, sin descuidar, eso sí, el ya citado y potente repertorio del Barolo.
Por fuera de Italia, la Nebbiolo se cultiva en México, Australia y el estado de Washington, en Norteamérica. Decir que es exclusivo es redundante. Y ahora que goza de un racha de reflectores plenos, faltan muchas cosas, menos las ganas.
*Esta columna fue publicada en la sección Entre Copas y Entre Mesas en la edición dominical del diario El Espectador, Bogotá, Colombia. 21/12/2025.

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