L'Argentina itálica


Hugo Sabogal
La influencia italiana en Argentina ha sido trascendente desde finales de siglo XIX y principios del XX, cuando tres millones de inmigrantes del país peninsular europeo cruzaron el Atlántico para buscar nuevos caminos en el Cono Sur.
Hoy, el 62,5% de la población total argentina (entre 25 y 30 millones de personas) descienden total o parcialmente de ancestros italianos. Es el mayor grupo migratorio presente en el país austral en toda su historia.
La huella italiana está en diversos ámbitos: desde el económico, político, ideológico y cultural, hasta el lingüístico y gastronómico.


En el gastronómico, el toque italiano sabe a milanesa, ñoquis, pastas y pizzas. Y en el lingüístico, no existe corrillo de amigos donde esa inequívoca tonada porteña no esté adosada con modismos provenientes de distintos dialectos italianos. Tal modo de hablar, casi siempre incomprensible para el observador, se llama lunfardo, lenguaje adoptado inicialmente por personas del bajo mundo, pero luego ampliado a otros grupos sociales. El tango tuvo mucho que ver con ello.
El primer legado en el vino

Entre los inmigrantes italianos figuraron también avezados viñateros, pero su aporte fue limitado. Esto se debió a que las prácticas y cepajes reinantes en esos tiempos tenían un único origen: Francia. Aún así, algunos emprendedores plantaron pequeños viñedos con tintas como Bonarda, Cordisco (Montepulciano), Sangiovese y Ancellotta.
Entre todas ellas, la Bonarda se ha lucido con premios y altos puntajes, pero las producciones nunca han sido masivas. Los más altos honores se los siguen llevando tintas de origen francés como Cabernet Sauvignon, Malbec, Cabernet Franc, Merlot y Pinot Noir, y blancas como Chardonnay y Semillón.
Ahora, si hablamos de tendencias, avanza en Argentina un intenso movimiento vitivinícola inspirado en la influencia italiana que moldeó al país.
Según el periodista local Sebastián Ríos, seguidor del fenómeno, existen dos factores a favor: uno es el rescate de viñedos antiguos plantados con vides italianas y otro es la incorporación de variedades italianas nunca cultivadas en el país austral. Aunque son desconocidas para los mercados de exportación, habrá que sobreponerse y romper las reglas. “Es, ante todo, la oportunidad para que el país lidere una llamativa tendencia y salga de la monotonía”, apunta Ríos.
El nuevo contingente

Por el momento, están sobre la mesa todas las lecciones aprendidas con tintas como Bonarda, Cordisco (Montepulciano), Sangiovese y Ancellotta. Y pronto comenzarán a dejar huella cepas de reciente incorporación como Barbera, Cassavecchia, Bonoamico, Aglianico, Lambrusco y Corvina (tintas), y Verdicchio, Glera, Fiano y Prinot Grigio (blancas).
Es un hecho ejemplar, a todas luces, procurar nuevos senderos para el vino en estos tiempos de crisis. Pero más edificante resultará hacerlo como tributo a esa influyente conexión de Argentina con la imperecedera Italia.
*Esta nota se publicó en mi columna ‘Entre Copas y Entre Mesas’, sección ‘Comer y Beber’, en la edición dominical del diario colombiano El Espectador, Bogotá, Colombia (25/10/2026).

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