El salto del vino galés


Hugo Sabogal
Tras la creciente ola de atención despertada por el ascenso de los vinos ingleses en los mercados internacionales (columna anterior), la fiebre vitivinícola ha comenzado a extenderse con fuerza en otros territorios del Mar del Norte, donde las condiciones climáticas habían sido hasta ahora inapropiadas para la actividad.
Bajas temperaturas, vientos fuertes y fríos, alta humedad ambiental y baja disponibilidad tanto de tecnología como de conocimiento especializado en las diferentes áreas del negocio habían actuado como talanqueras para su desarrollo.
Además de Inglaterra, ahora tenemos sobre la mesa el caso de Gales en el Reino Unido.
Sus fortalezas son incuestionables: reconocimientos internacionales por la calidad de sus vinos, altas valoraciones para su cosecha de 2025, desarrollo de una propuesta enfocada en vinos naturales de calidad, montaje de nuevas instalaciones y fortalecimiento de los productores veteranos.
Blancos, en primera línea


Para llegar a este punto, las bodegas galesas han debido sortear múltiples dificultades, entre ellas la de ocupar un territorio prácticamente rodeado de agua y de cordones montañosos. Estos últimos reducen la disponibilidad de tierras para el cultivo de la vid, pero obran, a su vez, como escudo contra vientos y lluvias amenazantes, provenientes del Mar del Norte. Esta protección reduce el impacto de las corrientes frías y ofrece temperaturas favorables para el desarrollo de los frutos. En esencia, Gales practica una vitivinicultura de influencia marítima, ideal para elaborar vinos de calidad, caracterizados por su alta acidez, frescura vibrante, sensaciones intensas y menor grado alcohólico.
Rosados y tintos, a la orden del día
Las variedades de uva utilizadas incluyen híbridas de origen alemán y algunas de la especie Vitis vinifera. Entre las primeras figuran Rondo, Regent y Ortega. En el segundo grupo destacan las blancas Chardonnay y Albariño, y las tintas Pinot Noir y Cabernet Franc. Se trata, en el fondo, de una selección similar a la utilizada por las bodegas inglesas, incluido el uso de la variedad Solaris, también híbrida, de alta acidez y gran expresión frutal.

Una diferencia notable radica en el énfasis dado por los galeses a los vinos naturales de baja intervención y al impulso de prácticas biodinámicas y orgánicas.
En cuanto a tamaño del área plantada, Gales es todavía un jugador pequeño frente a Inglaterra. Mientras este último país cuenta con 4.800 hectáreas plantadas, Gales apenas alcanza las 93 hectáreas. En número de bodegas, Inglaterra cuenta 1.100 establecimientos frente a 60 de Gales.

Un detallado análisis de los vinos galeses fue elaborado por la periodista Christina Pickard, de la revista The Wine Enthusiast, que me ha dado luces para esta nota.
Para Pickard, “las vides han crecido a trompicones en Gales desde la llegada del Imperio Romano, en el año 48 d.C. A lo largo de ese largo periodo su impacto fue mínimo. El clima nunca se calentó lo suficiente como para que las uvas maduraran constantemente”, dice. Y concluye: “la industria moderna de Gales comenzó técnicamente en la década de 1960. Pero le tomó la mayor parte de medio siglo para ir más allá de los pequeños esfuerzos. Sólo en los últimos 25 años la escena vinícola de la nación se ha elevado a un nivel de profesionalismo digno de reconocimiento global”.
Un tipo de reconocimiento que crecerá a medida que Gales refuerce todos sus frentes de acción, algo que ya no luce tan lejano.
*Este texto se publicó en mi columna 'Entre Copas y Entre Mesas', sección 'Comer y Beber', en la edición dominical del diario colombiano El Espectador (04/10/2026).
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