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Capricho riojano

  • Foto del escritor: hugosabogal
    hugosabogal
  • 3 oct 2025
  • 3 Min. de lectura
El excelente trabajo en el interior de la sala de barricas simula el caso de un barco boca abajo. Foto: Bdegas Campillo.
El excelente trabajo en el interior de la sala de barricas simula el caso de un barco boca abajo. Foto: Bdegas Campillo.

Hugo Sabogal 

Al llegar la década de los noventa, Julio Martínez–integrante del pujante Grupo Faustino, el mayor exportador de vinos de la Rioja– decidió que había llegado el momento de dar rienda suelta a un capricho: crear un entorno a imagen y semejanza de los célebres châteaux franceses, cuya principal característica consiste en agrupar bodega y viñedo en un solo lugar y elaborar pocos vinos, pero prominentes.

Durante cuatro generaciones, gestar proyectos vitivinícolas ha sido la impronta familiar de los Martínez. En 1861, Eleuterio, el abuelo, compró viñedos y montó la primera planta de producción; Faustino, su hijo, recibió el encargo de impulsar el negocio y adoptó la barrica de roble francés como eje de calidad; y en 1958, Julio, su nieto, conquistó el mundo con la marca Faustino hasta convertirla en un icono.

En 1990, y ya menos apurado, Julio dio rienda suelta a su capricho en la localidad de La Guardia, capital riojana. Lo bautizó con el nombre de Bodegas Campillo. Para ello, compró tierras en un entorno de minifundios y logró juntar 75 hectáreas.

 

Un barco dado vuelta

Campillo transmite un estilo entre clásico y contemporáneo a la vez.
Campillo transmite un estilo entre clásico y contemporáneo a la vez.

 

La segunda parte de su sueño fue construir una bodega diferenciada, con predominancia de la madera. Su arquitecto, Aurelio Ibarrondo, hizo que el techo interior simulara el casco de un barco dado vuelta. Instaló ventilación bioclimática para ejecutar con precisión los procesos de fermentación y añejamiento, y reservó el recinto principal para una sala de 12.000 barricas, mientras que en los corredores adyacentes acomodó estanterías con capacidad para 70.000 botellas.

El propósito principal allí, según el mandato de Julio –fallecido en 2020–, es elaborar vinos de larga crianza, Para ello, deben superarse los tiempos de guarda fijados por el Consejo Regulador de Rioja, porque, para Julio, entre más tiempo se añeje el vino, mayor evolución de color, estructura, y taninos se consigue.

Hoy, incluso, el ejemplar más joven de la bodega, llamado El Niño, se somete a siete meses de crianza hasta obtener la personalidad de un vino envejecido. En la misma tónica, el Gran Reserva duerme 30 meses en barrica y siete años en el botellero, mientras que la norma mínima del Consejo establece 24 meses en barrica y 36 meses en botella. Y así sucesivamente con las otras referencias, incluido un blanco llamado BDB (Blanco de Barrica).

 

Tempranillo peluda, variedad única

 

Otro giro único de Campillo es el rescate de la cepa Tempranillo Peluda, que estaba casi extinta, y que se utiliza en un vino llamado, osadamente, Raro. El envés de la hoja muestra una ligera lanosidad y de ahí su apelativo. Además uvas del Tempranillo típico, la línea Reserva Especial incorpora aportes del cepaje Graciano. En esencia, son vinos complejos que tienen como foco el segmento gastronómico. Su atractivo está en que son clásicos y a la vez audaces.

Campillo produce un total de entre 600.000 y 700.000 botellas.

Para garantizar una vida larga, la bodega alquila botelleros para quienes buscan que los vinos sigan reposando en su lugar de nacimiento hasta llegar el momento de retirarlos de la bodega. En resumen, y para tranquilidad de Julio, Campillo ha hecho realidad su capricho y ahora camina solo.

*PDC Vinos y Licores distribuye Bodegas Campillo en Colombia.

 

**Esta columna se publicó en la sección ‘Entre Copas y Entre Mesas’ en la edición dominical del diario El Espectador, Bogotá, Colombia. (03/08/2025)

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