Rolland: súbita partida
- hugosabogal

- hace 6 días
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Hugo Sabogal
Si algo define la vida del francés Michel Rolland, considerado el primer y más influyente 'enólogo viajero' del mundo durante más de cinco décadas, los remito al comentario publicado en Instagram el pasado 20 de marzo por sus coequiperos de Rolland & Associates, pocas horas después de un infarto letal. “Seguía lleno de energía y con planes de viaje. [Pero] su corazón, agotado por esta vida tan agitada que había elegido y amado, le sostuvo durante 55 años de trabajo incansable y viajes por todas las latitudes; luego, se detuvo".
Rolland nació en 1947 y se educó, por pedido de sus padres, en enología. Claro, había que mantener en pie cuatro bodegas familiares ubicadas en tres localidades de la orilla derecha de Burdeos: Château Le Bon Pasteur, en Pomerol; Château Rolland-Maillet, en St-Emilion, y Château Bertineau Saint-Vincent, en Alande de Pomerol, todas exponentes de la histórica variedad Merlot. El legado también incluyó Château Fontenil, en Fronsac, en la orilla izquierda bordelesa.
De consultor local a consultor global

Tras crear, en 1973, su primer laboratorio técnico en Pomerol, Rolland atendió exclusivamente una clientela local. Una década después dio el salto global hasta contabilizar un portafolio de 150 bodegas en más de 20 países.
El origen que más le atrajo fue Argentina, donde desarrolló su proyecto más relevante. Lo hizo en Vistaflores, suroeste de Mendoza, donde armó Clos de los Siete, integrado por cinco reconocidas bodegas bordelesas. Y allí también dio vida a Bodega Rolland, su sueño personal. Al hablar de Argentina, siempre fue tajante: “si hay algún lugar donde se dan las condiciones óptimas para el genuino desarrollo de una nueva y formidable vitivinicultura, ese lugar es Argentina”.


Argentina, un país que lo atrapó
La primera visita al país austral la hizo a Cafayate, provincia norteña de Salta, en 1988. Su primer cliente fue el viñatero local Arnaldo B, Etchart, a quien le ayudó a crear Yacochuya, bodega de zona de altura y vinos de gran calado. De regreso a Mendoza, supervisó el montaje de Monteviejo, Cuvelier de los Andes y DiamAndes, integrantes de Clos de los Siete. También asesoró a Viña Cobos y Piccolo Banfi.
En Chile contribuyó al auge de Casa Lapostolle y Clos Apalta. Y sus correrías por California lo llevaron al Valle de Napa, donde puso su impronta en casas como Harlan Estate y Screaming Eagle. Sus clientes europeos incluyeron L’Evangile, Pavie, Troplong-Mondot y Léoville Poyferré, en Burdeos. En España apoyó a Marqués de Cáceres y allí mismo, en la D.O. Toro, se asoció con su compatriota Jacques Lurton para crear Campo Eliseo. En Italia trabajó con Ornellaia y luego extendió su manto hasta Sudáfrica e India.
Salvo las diferencias de tiempo y lugar, su impronta se tradujo en vinos afrutados, de taninos suaves, aterciopelados y añejados en barricas nuevas. O sea, el matiz favorito de los paladares tradicionales. Sus críticos lo acusaron de homogenizar; sus defensores, de descubrir el potencial y el alma de cada terroir. En suma, un hombre obsesionado con impulsar lo mejor de la vid alrededor del mundo.
*Columna publicada en la sección 'Entre Copas y Entre Mesas en la edición dominical del diario El Espectador, Bogotá, Colombia 29/03/2026

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